sábado, 4 de octubre de 2014

El nombre que ahora llevo.

Decidir el nombre de un hijo es ardua tarea para la madre que lo siente en su vientre desde el primer momento, para el padre que en nuestra sociedad es el encargado de perpetuar su apellido, para los hermanos que temen que le escojan un nombre mejor que el que llevan ellos y así asoman los primeros recelos fraternales, para los abuelos maternos que exigen nominarlos como ellos, ya que sus apellidos desaparecen en la siguiente generación, para los abuelos paternos, que se empeñan en revivir con nombres a sus progenitores y para los padrinos, madrinas, tíos, primos, amigos y vecinos que se sienten honrados cuando se les impone su nombre al recién nacido.
Algunas veces es el día en que nace, el santo patrón, el santoral, el que decide solo.
Casi nunca decide la cara del bebé, a quién se parece, etc... porque generalmente está pensado de antemano.
El caso más cruel para el bebé, teniendo en cuenta que un nombre debe llevarse toda la vida, es aquel en que nace con los dos sexos, son pocos, pero son y la ley te obliga a decidir inmediatamente si es niño o niña, sin saber por cual se va a decantar su evolución. Un cambio de nombre a “posteriori” es un gran problema legal y psicológico de falta de identidad. El pueblo alemán este año ha admitido el tercer género, aquí en España, parece que no queremos reconocer esta realidad legalmente.

Mis padres, ambos católicos y muy creyentes, estaban convencidos de que el santo tocayo protegía al bebé durante toda la vida, eran devotos de Santa Teresita de Lysieux una joven monja que veneró la infancia de Cristo, de ahí su diminutivo, la nombraron Doctora de la Iglesia y protectora de las misiones. En una ocasión mi madre prometió llamar Teresita a la primera de sus hijas, luego lo olvidó.
Pasó el tiempo mis padres se casaron, algo comentó a mi padre de esta promesa, pero volvieron a olvidarla...
Nació la primera niña y le pusieron María Ángeles como mi abuela materna, la segunda Elvira, como mi tía paterna, luego un niño que se llamó José como mi padre, luego el cuarto hermano y la tercera niña se llamó Concepción, como mi tía materna, la cuarta niña y quinta en lugar de nacimiento se llamó Agustina, como mi madre. Todas nacieron en casa de mi abuela, asistidas por la partera.
Yo llegué tres años y medio más tarde, la quinta niña, la sexta de los hijos. Mis padres querían que fuera nerjeña y esperaron allí, pero vine mal, muy grande y de nalgas, tuvieron que trasladarla a Málaga, en Nerja no había ni siquiera ambulatorio.
Así pues nací en el Hospital Civil, a los tres días de llegar allí mi madre en precario estado de salud, tan delicada estaba, que mi madrina muchísimo tiempo después me confesó que no se acordaba si me bautizaron allí mismo de urgencia, en la Victoria que es el barrio de mi abuela materna o en Nerja donde habrían querido que naciera, en cambio mi nombre recordaba muy bien de dónde venía. Tan mal fue el parto que todos recordaron su antigua promesa:
“A mi primera hija le pondré Teresita del Niño Jesús.”
Hoy he releído la biografía de esta Santa y he hallado dos coincidencias: fue la quinta hija y perdió a su madre de pequeña, a la que adoraba.
María Teresa Cobos Urbano 1-10-14. Derechos reservados.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Feliz día de tu santo cielo, y muy bonito retrato.
Tu marido khalid.

María Teresa Cobos Urbano dijo...

Gracias vida, por tu regalo.

Espuma dijo...

Hola guapetona... qué bonita tu historia, a mí me pusieron el nombre de mi abuela paterna, (menos mal que me llaman por diminutivo todos) a una de mis hermanas el de mi abuela materna, a otra el de mi tía- madre y a la otra, que se salvó, ya que tiene un precioso nombre "Blanca" se lo puso su madrina porque le gustaba. :) Es cierto eso de que un nombre te marca, es para toda la vida, y hay que pensarlo muy bien. Me encantó leerte, preciosa. Un enorme beso.

Espuma

Espuma dijo...

¡Y feliz día de tu Santo! :)